martes, 6 de octubre de 2009

La Segunda

Hoy no tengo clase. ¿O si? Realmente no recuerdo. Acabo de despertar y aun estoy más dormido que despierto, creo. Pareciera que alguien llorara afuera de mi cuarto, pero es solo el sueño jugando conmigo. Hay luz por mi ventana. Brilla tan fuerte, casi como si el sol estuviera ahí afuera iluminando todo. Es cierto, lo está. Si, entonces si sigo mas dormido que despierto. Debería intentar seguir durmiendo, pero no sé si tengo clases hoy. Me preocupa. No la clase, no, me preocupa no saber qué tengo que hacer hoy, me preocupa no saber ni siquiera que día es. ¿Acaso estoy tan perdido en la vida? Si, si lo estoy, eso ya lo sabía, el sueño es quien no me deja recordarlo.

Me pregunto que habrá detrás de la ventana esta mañana. No sé qué hora es, así que tampoco sé en qué parte de la rutina diaria de los vecinos se encuentra cada uno. Interesante experimento, haré lo contrario, a que soy capaz de saber qué hora del día es con tan solo mirar por la ventana y sin mirar hacia el cielo. Debo admitir que me dolerá no mirar al cielo, porque estoy seguro que hoy esta tan bello como siempre, pero es un esfuerzo que lo vale. Lo vale por mi experimento y lo vale por mi nueva rutina, esta si es una adecuada.

Detrás del vidrio, y siete pisos más abajo, la vecina del bloque diagonal al mío, esa que aun no sé si vive en el tercer o en el cuarto piso, sale del bloque usando ropa acabada de planchar. Tiene puesta una camisa roja con líneas blancas y una falta hasta las rodillas que compró hace un mes, o tal vez dos, y la cual le gusta tanto usar. La compró aquel día en descuento en su tienda favorita, y siempre que la usa algo bueno le sucede.

La primera vez encontró un billete de diez mil que guardó en su bolso de cuero marrón unos diez minutos antes de que se lo robaran a mano armada mientras se desviaba de su camino usual para comprar un helado, ese de vainilla francesa que tanto le gusta y le recuerda a su papá, con el ingreso inesperado de dinero que ahora había perdido. Pero era su falda de la suerte, y aun cuando ella aun no lo sabía, fue la falda quien no la dejó perder su buen humor, y con una sonrisa en la cara caminó un par de cuadras hasta una pequeña central de policías donde reportó el robo, solo para que le dijeran eso que ella ya sabía, que las probabilidades de encontrar a los culpables era más pequeña que aquella de amanecer un día y sea el sol lo único en tu ventana. Pero era su falda de la suerte, y fue el comisario treintañero, ese que disfrutaba a solas el olor de las camelias que sembraba en su jardín, quien la atendió y le pidió el numero de su casa por razones, insistía, formales para la investigación, pero que resultaron ser mentira cuando esa misma semana el la llamo para invitarle a comer en el restaurante preferido de él, que luego pasaría a ser el preferido de ella también.

Desde entonces han salido ya diez veces y media, una vez salieron a cine a ver una de esas películas románticas que hacen llorar y devolviéndose a casa atracaron a mano armada a otra pareja transeúnte, lo que lo obligó al terminar la cita abruptamente para perseguir al villano de la noche, ya no recuerdo si lo atrapó o no.

Pero esta mañana la vecina no salía con una sonrisa en la cara, y ya sabía que era de mañana porque ella solo planchaba en las mañanas. Tampoco llevaba ese pequeño recipiente de plástico donde llevaba la comida que sobró del día anterior al portero, y tampoco ese bolso marrón que el comisario treintañero le regalo para reemplazar el que le habían robado el día en que se conocieron. Si, definitivamente la vecina del bloque diagonal al mío estaba fuera de su rutina el día de hoy, pero no la había roto, no, porque ya había hecho todo lo que hace normalmente un día como hoy antes, simplemente había agregado algo que esperaba no volver una rutina.

Hoy ella se dirigía a la farmacia, usando su falda de la suerte para asegurarse que esa prueba de embarazo que iba a comprar y más tarde usar diera negativo, y esta vez su falda de la suerte no le iba a fallar, después de todo no sería su falda de la suerte si a veces fallara. Esta noche dos suaves líneas de color rosado la van a hacer llorar casi tanto como la noche en que murió su papa en sus brazos dos días antes del cumpleaños de ella. Pero es su falda de la suerte.

Creo tener envidia de ella, y creo que es la primera vez. Va a ser feliz aunque no lo sepa, aun cuando no se dé cuenta hasta dentro de muchos años después cuando mire hacia atrás, aun cuando el comisario treintañero no reconozca al niño como suyo a pesar de tener los mismos ojos que su abuelo. La envidio, al menos ella no tiene que ir a clases hoy. Me pregunto si mi mamá me dejará esta vez tomar café con ella, siempre quise saber a qué sabia el café que ella hace.

1 comentario:

  1. :) Eso es una sonrisa lo que salió de mi cara Nando.

    I freakin' love it.

    And you ;)

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